Día 100: La muerte.

Un sabio de Oriente dijo: “La muerte a todos espanta”. Otro aseveró: “Ante la muerte hasta los más valientes tiemblan”.

Pues a mí no me espanta nada, es más, me “consuela” . Ahora todo el mundo pensará que estoy loca o deprimida. Lo primero es un poco verdad pero bueno. Además hoy es el día 100 del experimento sabático y hay que celebrarlo con un tema alegre.

En serio, me gusta la idea de que todo es finito, me da la perspectiva real de los “problemas”.

He visto de cerca como hoy estás aquí pensando que vas a hacer de comida mañana, pero mañana no estás, y no hay comida, ni nada …de eso podemos estar seguros.

Pues eso, todo es provisional, y el que no quiera aceptarlo le aconsejo que no siga leyendo. Aunque puede que le de otra perspectiva de la vida, como a mí, que la idea de la muerte me relaja incluso dudando de lo que pudiese “haber” tras ella. Pero claro, yo me he dado cuenta de esto a mitad de mi vida. De joven no quería ni oír hablar del tema como me imagino que le pasará a casi todo el mundo.

Bueno, lo explico en palabras de mi admirado Ramiro Calle, para que veáis que no soy la única que piensa así, y porque evidentemente, lo explica mejor que yo. Adelante quien se atreva, y quien se conozca lo suficiente como para saber que se va a deprimir, que no siga:

La muerte, para los hindúes, es la dueña del tiempo. A cada momento nacen millones de seres y mueren millones de seres. Nadie, en realidad, es dueño de nada, ni siquiera de su cuerpo, que antes o después habrá que soltar por mucho que nos aferremos al mismo.

Esta verdad quizá no sea idónea para tanatofóbicos, pero nos ayuda a realzar la vida, vivir cada momento como si fuera el primero y el último, ser menos egoístas, humanizarnos y no perdernos tanto en mezquindades y bagatelas. Pero, como dijo un lama en una concurrida conferencia que pronunció, el mayor milagro es creer que solo se mueren los otros. En realidad, si uno lo reflexiona, lo misterioso es poder estar vivo día a día. La muerte nos acompaña a cada momento y de repente nos atrapa y nos hace desencarnar.

Pero podemos tomar la muerte como una gran consejera y una aliada. Su recordatorio nos ayuda a limar el ego, no ser tan arrogantes y prepotentes, jactarnos menos de nuestros logros y no atribuirnos cualidades de las que carecemos. El recordatorio de la muerte nos ayuda a superar el apego y el aborrecimiento, puesto que tomamos consciencia de que todo es provisional. Este mundo es una posada en la que nos alojamos unos cuantos días y partimos. Cada uno representa su papel para luego irnos. La muerte camina con nosotros codo con codo.

Buda, que como nadie investigó en el sufrimiento humano, declaró que la enfermedad, la vejez y la muerte son “mensajeros divinos”. Así es si sabemos instrumentalizar estos tres hechos tan dolorosos para desarrollar en nuestras vidas nobleza, lucidez, compasión y benevolencia.

Mientras la muerte llega, podemos hacer buenos actos, meditar y permanecer sosegados. No es una mala receta. Hacer buenos actos, meditar y permanecer sosegados.

Con su proverbial sentido del humor y su serenidad, Babaji Sibananda de Benarés decía: “Venimos, nos
hacemos la foto y partimos”. También declaraba que somos como actores haciendo aquí su papel y que cuando caiga el telón del escenario, volveremos a nuestro verdadero hogar.

Me gusta recordar las palabras de Ramaprasad-Sen:

“Considera, alma mía, que no tienes nada que puedas llamar tuyo. Vano es tu errar sobre la Tierra. Dos o tres días y luego concluye esta vida terrena; sin embargo todos los hombres se creen dueños aquí. La muerte, dueña del tiempo, vendrá y destruirá tales señoríos”.

El recordatorio de la muerte nos “humilda”, nos previene contra actitudes mezquinas, nos ayuda a celebrar cada instante y sentir la vida como una oportunidad para amar y encontrar la paz interior.